Este Madrid quita el sueño

cronica

Efectivamente, el Madrid de estos días se ha dedicado a apropiarse de sueños de rivales y enemigos, dejando en vela a muchos. En nuestro artículo anterior veíamos cómo el Madrid, por fin, había superado la angustia que le suponían sus enfrentamientos al Barcelona, comparable a la de un estudiante frente al enésimo examen de una asignatura que se le atraganta. Ha querido la fortuna que el partido de ayer suponga, en menos de dos semanas, aprobar otra materia de importancia similar o superior, pues la marcha en Europa de los blancos necesitaba, desde hace mucho, una eliminatoria como la de Manchester.

Esa necesidad se sumaba a la trascendencia del choque, por sí solo de carácter definitivo, para formar un ambiente de los que definen una ocasión de altos vuelos: equipos históricos, escenario con solera, todo por decidir y, por si fuera poco,  la vuelta de Cristiano al que había sido su hogar durante años, del que salió graduado con matrícula para volver doctor summa cum laude.

Como era de esperar, el comienzo del encuentro reflejó todo lo anterior en su primera parte, en la que el Manchester United presentó un planteamiento enfocado a no recibir gol, algo que le garantizaba el pase, sin renunciar a las salidas rápidas, bien organizadas, y a los siempre peligrosos saques de esquina ingleses. La inclusión en el once de Nani, en lugar de Rooney, mostraba la intención de aportar velocidad a las transiciones.

Impresionaría la solidez de los Reds al aficionado no acostumbrado a verlos, que pudo comprobar la impronta que el proyecto más largo del fútbol europeo de primer nivel ha imprimido en el conjunto. Quedó demostrado que Ferguson extrajo buenas lecciones de su observación del último partido del Camp Nou, desactivando el juego madridista. La ocasión más clara llegó del lado británico, con un cabezazo al palo originado, cómo no, en un córner. Puede decirse, entonces, que el momentáneo empate a 0 no fue mal botín para el equipo español, que además sufrió la baja de Di Maria, sustituido por Kaká.

Todo apuntaba a que la segunda mitad seguiría el mismo camino, el de partido de calma tensa decidido de forma impredecible por detalles mínimos, pero el pronóstico se alteró a causa del tempranero (minuto 48) gol del United. Tras una jugada enredada en el área del Madrid, en el que el balón fue de un lado para otro sin que los blancos acertaran a ser lo suficientemente expeditivos, un centro raso de Nani fue conducido a la red por Sergio Ramos.

El Real, obligado, redobló sus esfuerzos hasta el nuevo giro de guión (minuto 55), la expulsión de Nani por colocar sus tacos en las costillas de Arbeloa cuando intentaba controlar un balón alto. Pueden discutirse el rigor de la decisión arbitral o la intención del portugués, pero lo forzado de su gesto tras el choque, sin bajar la pierna en ningún momento, la evidencia del contacto y precedentes históricos, muy bien señalados posteriormente por Mourinho, deberían restar protagonismo en el análisis a la justicia de esta acción, irrefutable con el reglamento en la mano. Bien podría haber sido compensada (minuto 62) por un penalti por mano de Rafael, que habría acarreado expulsión, sacando un remate de cabeza de Higuaín que inevitablemente iba a gol.

El verdadero punto de inflexión del partido fue el cambio, justo tras la salida de Nani, de Modric por Arbeloa, ya amonestado y huérfano de extemo al que cubrir. Mourinho demostró con este movimiento la importancia de un entrenador que, leyendo los partidos y su contexto, actúe de forma decidida. Es satisfactorio ver cómo el técnico toma sus decisiones en tiempo real, hecho certificado en el abortado cambio de Benzema, ya preparado para saltar al terreno de juego, tras la consecución del empate, logrado por el propio Modric en el minuto 66. El croata fue el protagonista de esta fase con su excelente gol, un disparo lejano, colocado al poste, signo de una confianza que también se transmitía en su juego, quizá motivada por su pasado en las islas.  Tres minutos después, Cristiano Ronaldo, tras una elaborada jugada de ataque, remataba con la fe que lo caracteriza, un pase raso cruzado de Higuaín. Özil resultó decisivo en este lance, habilitando al argentino con un taconazo (Manchester, tierra de tacones) dentro del área.

En un abrir y cerrar de ojos, con un arrebato marca de la casa, los blancos habían logrado tener todo de cara, ya que un mínimo de dos goles era lo que los ingleses necesitaban para revertir la eliminatoria. La reacción de Mourinho fue esta vez introducir a Pepe (por Özil) para recomponer el equilibrio de su equipo. Rooney y Young, por Cleverley y Wellbeck, formaron la respuesta de Ferguson. Lo improbable de la remontada hizo que el espectador no sufriera más de lo imprescindible, pero el Madrid se vio, hasta el final del partido, encerrado en varias ocasiones por los ingleses. Diego López se convirtió en el otro gran protagonista del encuentro, siempre bien colocado salvando varias ocasiones claras. El equipo español pudo sentenciar con un par de contras, pero el marcador ya no se movería.

El partido deja aspectos en los que habrá que trabajar (como la obstinada dificultad para atacar equipos bien replegados o el excesivo protagonismo de Diego López contra diez), y que molestaron a Mourinho, pero el fruto final es excepcional. El Real Madrid ha logrado superar una eliminatoria de Champions League contra un rival de enjundia por primera vez desde hace más de una década. Dos grandes asignaturas pendientes, a las que hacíamos referencia al principio, han quedado superadas en estos diez días que muchos esperaban como la última palada de arena sobre el proyecto de Mourinho.

Liberado el mes de marzo de otros compromisos más allá de la liga, que no parece presentar grandes exigencias, el equipo tiene ante sí una oportunidad única de rememorar aquellas temporadas, no tan lejanas, de fines de semana de rutina y días laborables de gloria. Con un poco de suerte, además, dentro de una semana podremos decir que lo que resta de temporada es sólo fútbol.

Una digestión pesada.

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“Fácil de digerir”

Noviembre de 2010. En la rueda de prensa posterior a su primer enfrentamiento al Fútbol Club Barcelona como entrenador del Real Madrid, José Mourinho pronuncia estas palabras para sintetizar su sentir ante un correctivo inédito en años.  El técnico hacía referencia a que el castigo infligido había sido tan incontestable, y tan distribuido a lo largo del encuentro, que, desde el banquillo, la derrota se había vivido con poca tensión, con la serenidad del que se enfrenta de forma consciente a un hecho inevitable. A pesar de la valoración del portugués, esta digestión no terminó hasta el pasado sábado, en el Bernabéu, con la victoria del equipo local, que para más señas, estaba con la cabeza y sus mayores activos en reserva para el trascendental encuentro de Manchester.

La vuelta de octavos de final de Champions League va a ocupar completamente, a partir de mañana, la actualidad madridista. Por ello, no queríamos dejar pasar la ocasión aquí, en The Moufather, de cerrar un capítulo que, como veremos, presenta un hilo conductor. Su relevancia aconseja hacer balance, valorar las decisiones tomadas y aprender de la experiencia.

Aquel choque supuso un impacto emocional que, sumado a otros factores extradeportivos, introdujo en el madridismo un complejo de inferioridad y bloqueo que se alargaron durante temporadas posteriores. Recordemos: Mourinho llegó a su primer clásico con el ya entonces habitual 4-2-3-1, en el que todos sus titulares lo siguen siendo ahora, con la excepción de Carvalho y particularidades como las de Benzema o Marcelo. En casi tres temporadas, la base táctica del equipo no ha cambiado, pero contra el Barcelona se han visto situaciones y planteamientos de todo tipo.

La siguiente vez en la que los eternos rivales se vieron las caras fue a lo grande, con el célebre carrusel de partidos de la primavera de 2011: vuelta de Liga, final de Copa y eliminatoria completa de semifinales de Champions en menos de un mes. El primero de ellos ya contiene un planteamiento alternativo del Real Madrid, definido por un trivote en el centro basado en ubicar ahí a Pepe. El único objetivo era superar el trauma del 5-0 y obtener confianza para lo que estaba por venir. En un partido tenso, con mucho respeto y poco que contar, el balance es un empate a uno, ambos goles de penalti y cierta recuperación de la autoestima perdida. La final de copa, por todos recordada, también se basa en el trivote anterior y confirma que la “manita” no era la distancia real entre ambos equipos.

Los posteriores envites, correspondientes a la penúltima ronda de Champions League, merecerían su propio análisis y han hecho correr ríos de tinta, por lo que no nos extenderemos mucho, salvo para confirmar que el trío de jugadores en el centro del campo, con Pepe a la cabeza, sigue presente en la ida, con el final conocido. El arbitraje y el comportamiento de los jugadores y entrenador rivales, no por más denunciados menos antideportivos y perjudiciales, constituyen el grueso de los factores extradeportivos mencionados que, junto a la eliminación, contribuyen a destruir buena parte del impulso tomado con el título de Copa.

No obstante, las buenas sensaciones de la supercopa que tendría lugar meses después, junto con el paso del tiempo y la gran marcha del equipo en Liga, facilitan, un año y tres competiciones después, la vuelta al sistema característico, 4-2-3-1. El resultado es, sin embargo, de nuevo desalentador. 1-3 en un partido en el que el Real Madrid llegaba en su mejor momento y en el que los culés dejaron la sensación de que tenían la medida cogida al equipo blanco, para ganar con lo justo.

Esto nos lleva al punto de partida para la siguiente ocasión, una eliminatoria copera en enero de 2012. De nuevo en el Bernabéu, y de nuevo el trivote con Pepe, a lo que se añade una defensa inédita, en la que aparecían Carvalho y Altintop. 1-2 que confirma las sensaciones del último partido y, a la vez, da pie a lo que es el primer capítulo del fin de esta historia: una vuelta en el Camp Nou en la que, jugando Pepe de nuevo en la defensa, con poco que perder y sin miedo, se obtiene un empate a dos en Barcelona, con un Madrid dominador y vencedor moral.

Partido importante este último, ya que, a cambio de una eliminación en copa, el equipo recupera la confianza en sus posibilidades, lo que abre el penúltimo capítulo: los dos siguientes partidos de liga en el Camp Nou, utilizando, ya hasta hoy, otra vez el 4-2-3-1. El balance es la épica victoria que certificaba el título liguero de 2012 y un empate como dominador, respectivamente. Queda la sensación de haber recuperado el terreno perdido y de que poco más que las apariciones de Messi es lo que sostiene al Barcelona frente a su eterno rival.  Aún así, la concentración y el rendimiento deben ser todavía máximos, llegando a pagar un alto precio como el desplome físico de la semifinal de Champions contra el Bayern de Munich.

Llegamos así a 2013, y en esta semana final de febrero, por fin, se ha alcanzado la cúspide, victorias claras con la identidad habitual del Madrid. La del Camp Nou, incontestable; y la del Bernabéu, significativa, por lograrla con una alineación repleta de suplentes. Las tornas han cambiado: son ahora los blancos quienes vencen por inercia e imponen sus normas, sin necesidad de adaptarse al rival, hechos ambos que, para quien escribe, son los que permiten certificar el fin de la etapa que arrancó con el 5-0.

Sirva este balance para reflejar lo largo y duro del camino. De aquel golpe brutal de Guardiola a Mourinho en noviembre de 2010 no se sale de la noche a la mañana. Podría haber marcado irremediablemente a un entrenador y jugadores con menos personalidad y calidad. La recuperación, basada en la lícita apuesta por la solidez y seriedad defensiva extra, iniciada en la final de copa, se vio truncada por artes discutibles y apoyos dudosos en primer lugar, y, más tarde, por el que probablemente sea el segundo peor partido doméstico de este Madrid, el 1-3 de la temporada pasada.

La actitud a prueba de bombas de Mourinho y la titánica labor de Cristiano Ronaldo, que el tiempo enmarcará como es debido, son las principales causas de haber superado un desafío acrecentado con la inusual concentración de enfrentamientos directos. No cuesta mucho imaginar qué habría sido de los equipos de Juande o Pellegrini, que sólo se encontraban a los blaugranas dos veces por temporada, sin lograr inquietarlos excesivamente, frente a esta serie de partidos.

El futuro próximo es ilusionante y parece que, sin temor a equivocarnos, podemos aventurar que se ha logrado contener un cambio de paradigma que, con otros protagonistas, habría desbordado al equipo blanco entre buenas intenciones y palabras que sólo serían una excusa por no haber estado a la altura de las circunstancias, las de enfrentarse a un club puntero que busca, en la cima de su historia, un cambio de época.

La capacidad de abordar retos así sólo está al alcance, una vez más, del mejor club del siglo XX. El Real Madrid y su directiva deben ser conscientes de la importancia de esta encrucijada y aprovechar los cimientos que se acaban de construir para, por fin, entrar en el siglo XXI.